| gorecky ( @ 2005-07-27 22:01:00 |
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Estirpes condenadas a cien años de soledad
Durante un largo viaje en coche por Andalucía, hace ya algunos años, no pude evitar romper a llorar de forma sutil ante la mirada extrañada de mi familia. Todo lo sutil que pude, encerrado en aquellos tres metros cuadrados de metal. Aquel llanto sordo coincidía con las últimas páginas de "Los miserables", de Víctor Hugo, aunque no tenía nada que ver con el clímax de la trama en sí: las lágrimas corrían por mi cara, la angustia se desataba en mi estómago, al concebir la grandeza, la perfección, la magnitud del libro que tenía entre las manos. Era algo que no me había ocurrido nunca, y que no volvería a ocurrirme… hasta hace unos días al llegar a las últimas líneas de "Cien años de soledad", de Gabriel García Márquez.
que la memoria no tenía caminos de regreso, que toda primavera antigua era irrecuperable,
y que el amor más desatinado y tenaz era de todos modos una verdad efímera."
Pecaría de vanidad (y estupidez) si intentara sintetizar todo lo que significa "Cien años de soledad" en lo que ocupará este post. Mi idolatría hacia Gabriel García Márquez comenzó con la lectura de "El amor en tiempos del cólera", una maravillosa oda al amor sin edad que puso patas arriba mi forma de entender la escritura. Por aquel entonces, alguien me dijo que si ese libro había provocado tal efecto en mí, "Cien años de soledad" estaría destinado a poner patas arriba mi forma de entender la vida. Y tenía razón. Porque a través de la epopeya bíblica vivida por la saga de los Buendía en Macondo, Márquez destripa los entresijos de lo historia humana: la dinámica caótica de la familia, las vicisitudes del amor y del sexo, el corrosivo efecto de la evolución científica, la devastadora acción de la guerra sin sentido, la castrante presencia de la religión y la imposibilidad de redención cuando el pecado ha arraigado más allá de nuestra conciencia...
Los integrantes de la familia se retuercen en una espiral que pone a prueba al lector, retándolo a recordar en cada momento las más pequeñas referencias. Cada personaje es una pieza perfectamente pensada en el engranaje de una maquinaria repleta de referencias bíblicas que no caen en saco roto: los ecos magnánimos de la prosa de Márquez pueden resultar igual de mesiánicos que los de "La Biblia" a la hora de desentrañar las vísceras del hombre y la sociedad en la que se mueve. Pero la genialidad de este truco bíblico nace al hacerlo copular de forma insana con el eterno retorno nietzschiano: los personajes son unos amasijos de imperfecciones que, tal y como dice Ursula Buendía, se mueven en un círculo vicioso, en un tiempo que gira en redondo para nunca avanzar... Si esta mezcolanza no resultara suficientemente maestra, no se puede pasar por alto que toda la historia se cuenta bajo el prisma del mito griego: esa exaltación de unos acontecimientos exagerados de los que se pueden destilar verdades como puños. Y aún hay más: las páginas finales añaden a todo lo leído un plus de meta-literatura que invitan a una segunda lectura.
El transcurrir de estos cien años en el seno de la familia Buendía bien pueden entenderse como un paralelismo perfecto de la historia de la humanidad en su continua destrucción de la utopía, en su irreversible camino hacia la destrucción. Sin embargo, este plano no es el único en el que se mueve "Cien años de soledad", sino que el texto también puede entenderse como un fascinante tapiz trenzado con los sentimientos más sinceros vividos por todo hombre: amor, odio, deseo, vanidad, sed de conocimiento, cariño, desesperación, resignación... y soledad. Sobre todo, soledad.
no tenían una segunda oportunidad sobre la tierra.”
Alucinado